Casas de la Sierra (Avila)

Casas de la Sierra es un anejo que perteneció antiguamente a Santa Lucia de la Sierra y en la actualidad lo hace a Solana de Avila.
Mirador privilegiado del valle del Aravalle y de la sierra de Gredos, se sitúa esta aldea escondida entre un espeso robledal, ubicada a considerable altitud (1450 metros), lo que la hacía padecer unos inviernos muy rigurosos y fríos con abundantes nevadas por lo que durante muchos días se encontraban aislados.

"Era tal las nevadas que caían, que muchas mañanas mi padre tenía que coger una pala y quitar la nieve para poder salir de casa, en muchas ocasiones hacer una especie de túnel, todos los vecinos desde su casa hacían camino para poder ir donde los animales y darles comida y agua. Como teníamos mucha leña estábamos bien provistos para soportar las bajas temperaturas. Siempre me acuerdo de mi madre cuando iba a lavar la ropa, se ponía ladrillos calientes envueltos en papel sobre la suela de los zapatos para calentarse los pies, además llevaba un cubo de agua caliente para meter las manos de cuando en cuando, solía ir a lavar a un manantial que teníamos en una huerta, allí el agua no estaba tan fría.
Los niños a nuestra manera le sacábamos entretenimiento a estos días tan duros, aprovechando los estanques helados que se formaban como pista de patinaje". MARÍA ROSA MARTÍN.


Dieciséis viviendas llegaron a formar la aldea en sus buenos tiempos, reducidas a diez las habitadas en la segunda mitad del siglo XX:
-La de la tía Paulina.
-La de el tío León.
-La de el tío Coleto.
-La de la tía Brígida.
-La de la tía María.
-La de la tía Justa.
-La de la tía Rosa.
-La de la tía Regina.
-Casa el Bueno.
-Casa de Victoriano.


Nunca llegó la luz eléctrica a la aldea. Los candiles de petróleo en la cocina y los de aceite en las habitaciones eran sus fuentes de iluminación. Alguna casa tenía candiles de carburo. Para salir a la calle de noche o a las cuadras se utilizaban faroles de aceite.
Para calentar la lumbre de las cocinas se abastecían de escobas, un tipo de arbusto abundante en la sierra. Había dos variedades: serranas y pajareras. También se aprovechaban los restos de la poda de árboles frutales o lo que se podía sacar de árboles muertos.
Para abastecerse de agua para consumo tenían una fuente a quinientos metros de la aldea.
Casi todas las casas tenían su horno. Se amasaba cada dos semanas. Se hacían alrededor de diecisiete panes de dos kilos cada uno en cada hornada. Se guardaban en un arca de madera cubiertos con tela de lienzo.
Eran años muy difíciles y a pesar de que había para comer, la gente se las tenía que ingeniar para salir adelante y mejorar un poco la calidad de vida.

"Mi padre era productor de trigo, le obligaban a declarar la cantidad que cosechaba y entregarlo en la harinera estatal, en El Barco. Allí calculaban el pan que le correspondía según el numero de familia que tenia y el resto se lo daban en harina negra, no sé qué clase de harina era, venia de África y la gente enfermaba, mi padre la recogía y con ella mi madre la amasaba para los perros. Naturalmente siempre declaraba menos cantidad de lo que recogía, lo que quedaba en casa lo llevaba a moler al molino donde molían el grano para los animales, de esta manera el molinero también tenía pan blanco. Mi padre con esto del pan hacia contrabando y lo digo muy orgullosa porque era trabajador y honesto y hacia lo que cualquier persona para sacar a su familia adelante sin hacer mal a nadie. En Becedas había una mujer viuda con dos hijos mozos, esta mujer era panadera, cada día amasaba el pan y por la noche sus hijos y mi padre se encontraban en el monte y cambiaban la carga de las mulas, ellos volvían a su casa y mi padre iba toda la noche de pueblo en pueblo a vender pan, campo a través, vadeando ríos y evitando los caminos para no ser descubierto por la Guardia Civil (por suerte nunca lo cogieron), las clientas lo esperaban como agua de mayo, para dar pan blanco a sus hijos, eran tiempos muy difíciles y no había dinero, si no podían pagar en monedas, pagaban con lo que tenían, azúcar, aceite.... lo que fuera, por eso en casa nunca nos faltó nada". MARÍA ROSA MARTÍN.

Sus tierras de cultivo estaban sembradas de trigo, centeno, cebada, patatas, judías y garbanzos.
Como árboles frutales tenían manzanos, perales, castaños y cerezos.
Iban a moler el grano al molino situado junto al arroyo Endrinal a medio camino entre Los Loros y Los Cerrudos.

El Pradillo
El Prado Largo
El Tocón
La Papua
Las Eras
Los Colladillos
Los Prados Cerrás

**Son algunos topónimos de lugares comunes de Casas de la Sierra que quedaran para siempre en el recuerdo de las gentes que habitaron el pueblo**


La ganadería se repartía entre ovejas, cabras y vacas.
Las vacas se llevaban en primavera a pastar a la sierra, a un lugar llamado El Cirbunal. Contrataban un vaquero para ello y lo equipaban de víveres.
Las ovejas se esquilaban en junio, entre San Juan y San Pedro y en julio las enviaban a las dehesas de Extremadura. Se contrataba a dos pastores para el cuidado de los rebaños y cada semana dos de los ganaderos les llevaban alimentos. Esto se hacía conjuntamente con los de Santa Lucia y el resto de anejos.
El resto del año cada familia se encargaba de sacar a pastorear su rebaño.
Durante unos días era costumbre juntarlas todas por la noche y encerrarlas de manera alternativa en fincas cercadas con cordeles sujetas cada tres metros a estacas de madera clavadas en el suelo para que abonasen la tierra con su estiércol. Dicho cercado era portátil y se iba trasladando de una finca a otra conforme se iba estercolando.
Según el número de animales que tuviera cada propietario les tocaba dormir por las noches junto al ganado bajo cubierto en una especie de cabaña de forma cónica hecha con lona y palos de madera clavados en el suelo. Tenían perros mastines para defenderlas de los lobos.
En invierno los rebaños dormían en los corrales que tenía cada familia destinado para tal uso.
Corderos y terneros se llevaban a vender a Barco en alguna de las ferias de ganado o bien los lunes en el mercado.
Se mataban uno o dos cerdos al año según las posibilidades y el número de personas que hubiera en cada familia.
Se compraban pequeños en la feria de mayo de El Barco. Se cebaban bien hasta el invierno cuando se acostumbraba a hacer la matanza.

"Para la matanza se mataban los cerdos en la calle, todos los vecinos ayudaban, uno de ellos llevaba las muestras al veterinario para analizarlas y cuando volvía, si el cerdo estaba bien, asábamos su cola y los niños de la familia la repartían entre todos los niños de la aldea, se hacia una gran fiesta y se invitaba a todos los parientes y vecinos. Los hombres descuartizaban el animal, picaban la carne, preparaban el lugar para colgarlo y conservarlo todo, preparaban leña para el fuego...., las mujeres lavaban los intestinos del animal, preparaban el mondongo, adobaban y hacían los embutidos. La noche anterior a la matanza, toda la familia la pasaba pelando cebollas y calabazas y cociéndolas para hacer las morcillas". MARÍA ROSA MARTÍN.

Conejos y perdices abundaban en esta zona serrana.

"Mi padre no era cazador aunque de vez en cuando salía a cazar conejos. A veces salía al atardecer y decía que iba a buscar la cena, en menos de una hora volvía con dos o tres conejos. Teníamos en casa una perra que era única para la caza.
Aunque en las Casas solo recuerdo un cazador de verdad: Benito. decían que era el mejor, donde ponía el ojo ponía la bala. Cazaba de todo: conejos, perdices, zorros, gatos monteses...". MARÍA ROSA MARTÍN.


Como no podía ser menos, en un lugar tan aislado la convivencia y la armonía entre los vecinos era fundamental para que la vida fuera un poco más fácil.

"El vecindario era bien avenido, yo no recuerdo conflictos importantes, más bien éramos como una gran familia, nos ayudábamos entre todos, si a alguien le ocurría algo acudían todos para ayudarle. Recuerdo una vez que se cayó una ternera a un pozo y tuvieron que sacrificarla, todos los vecinos compraron carne para que la perdida no fuera tan grande". MARÍA ROSA MARTÍN.

El médico, don Francisco vivía en Santa Lucia, había que bajar a buscarle con una caballería cuando tenía que visitar a alguien que estaba enfermo.
Delfina, la cartera de Santa Lucia era la que subía a repartir la correspondencia en Las Casas. Solía hacer el trayecto andando o en burro.
Don Manuel, el cura de Santa Lucia acostumbraba por Semana Santa a recorrer andando los anejos acompañado de sus monaguillos y portando unas grandes cestas donde recogían huevos y productos de la matanza que les daban los vecinos.
Para los oficios religiosos también tenían que coger el camino que les bajaba a Santa Lucia.

"Los domingos era obligatorio acudir a misa, cuando bajábamos llevábamos las medias en el bolsillo y nos las poníamos antes de entrar a Santa Lucia, lo hacíamos para que no se hicieran carreras, era obligatorio entrar con medias, manga larga y velo en la cabeza a la iglesia.
Cuando paria una vaca mi madre nos daba una botella de leche que ofrecía a San Antonio, la poníamos en el altar del Santo y cuando acababa la misa el sacristán la subastaba a la puerta de la iglesia, teníamos que mirar quien la llevaba para que devolviera la botella vacía". MARÍA ROSA MARTÍN.


No había escuela en Las Casas y los niños en edad escolar tenían que bajar a la de Santa Lucía de la Sierra. Estaban separados por sexos, un aula para niños y otro para niñas. Don Alberto y doña Ángela que eran matrimonio eran los que impartían enseñanza en la escuela de Santa Lucia en los años 50.

"Bajábamos a la escuela entre cinco y siete niños desde Las Casas, con edades entre los 5 y los 14 años. Íbamos todos juntos y los mayores siempre cuidaban de los más pequeños. Si había nevado íbamos también a la escuela a no ser que fuera una nevada muy grande, los padres hacían camino y nos llevaban con burros o mulos, y por la tarde si el tiempo estaba malo nos iban a buscar.
Las madres nos bajaban la comida a mitad de camino y dos o tres de nosotros solíamos subir a buscar la de todos. Si hacia buen tiempo comíamos al lado de una fuente en las afueras de Santa Lucia y si hacia mal tiempo comíamos en casa de algún familiar o conocido, pero siempre con la comida nuestra. Como eran tiempos de posguerra a la escuela llegaba leche en polvo y mantequilla, nos obligaban a llevar de casa una rebanada de pan y un vaso y en el recreo nos daban leche con mantequilla untada en la rebanada". MARÍA ROSA MARTÍN.


Los Reyes como es de imaginar eran días muy entrañables para los niños de esta aldea tan apartada y alejada de todo tipo de progreso.

"La noche del 5 de enero cogíamos cencerros y campanillas de los animales y salíamos a hacer ruido a los canchales que hay a la entrada del pueblo para dar la bienvenida a Los Reyes Magos y el día 6 volvíamos hacer lo mismo para despedirlos. Esa noche tan esperada dejábamos los zapatos delante del fuego y mi madre nos ponía la naranja más gorda que encontraba en el mercado, un plátano, (naranjas y plátanos no comíamos casi nunca, había otras frutas, por eso era algo especial) chocolate, caramelos y varias chucherías, también nos ponía dinero que al día siguiente nos lo recogía otra vez, esto puede parecer extraño, pero eran otros tiempos, hace 60 años. En Navidad a la familia de Madrid, mi madre les enviaba productos del campo y de la matanza y ellos nos enviaban turrón, dulces navideños y lotería". MARÍA ROSA MARTÍN.

Carecían de fiestas patronales pero participaban conjuntamente con las de Santa Lucia de la Sierra donde estaba el ayuntamiento y que englobaba varias aldeas.
Bajaban a celebrar a Santa Lucia el 13 de diciembre y a San Antonio el 13 de junio.
"Cuando un joven forastero pretendía a una moza del pueblo, los jóvenes del pueblo le hacían pagar una cena para todos, que consistía en un asado de carne y vino. Las bodas se celebraban en alguna casa vacía, la limpiaban, la adornaban lo mejor que sabían, mataban algún animal: corderos, pollos o algún ternero, hacían pastas y bebida y las mejores cocineras hacían la comida, también se solía celebrar la 1ª amonestación". MARÍA ROSA MARTÍN.

Los lunes era el día que se aprovechaba para bajar hasta el Barco de Ávila donde había mercado.
Solían llevar el burro cargado con cargas de escobas (leña) y huevos y compraban los productos de los que carecían en la aldea: aceite, azúcar, arroz, petróleo para el candil, pescado, hilo, ropa, etc, algunas veces llevaban a vender una ternera o un cordero.
Por Las Casas solían acudir por temporadas diversos vendedores ambulantes, tal era el caso de uno que venía con un carro desde el pueblo cacereño de Tornavacas vendiendo vino y aceite.
Aunque eran años donde escaseaba el tiempo para el ocio, la juventud acudía a las fiestas de los pueblos de alrededor. Las chicas iban a la fuente y con ello los chicos detrás a cortejarlas. Algunos hombres bajaban los domingos a Santa Lucía a la taberna a jugar a las cartas.
Sobre 1960 el ayuntamiento de Santa Lucia puso el primer televisor que hubo en el pueblo y acudía la gente a ver la programación.
Debido al aislamiento que padecían y la ausencia de infraestructuras la gente se fue marchando de la aldea.

"La gente no emigró por pobreza como ocurrió en otras partes de España, la gente emigró por falta de infraestructuras y servicios. La comida no nos faltaba, vivíamos muy bien, pero nos faltaba todo lo demás. No había carretera, no había luz, no había agua corriente, para ir los niños a la escuela, las personas a la iglesia, al cementerio, al médico, a cualquier gestión al ayuntamiento, etc, teníamos que bajar a Santa Lucia por un precario camino, lo que hacía todo muy difícil y la vida muy dura". MARÍA ROSA MARTÍN.

Unos se bajaron a Santa Lucia de la Sierra, algunas familias a Barco de Ávila y otras a Madrid.
Hasta la década de los 80 hubo vida en Las Casas por medio de la tía María y sus tres hijos (Pedro, Eduvigis y Eduardo) que fueron los últimos en marchar y lo hicieron a Santa Lucia de la Sierra, aunque Paulino Sánchez que se había bajado al pueblo de Los Loros siguió subiendo durante años a atender el ganado que allí tenia, fue la última persona que deambuló por sus calles y mantuvo presencia humana en la aldea. Posteriormente en el año 2002 un incendio que hubo en toda esta parte de la sierra de Béjar dejo lo que era una muy bonita aldea serrana herida de muerte para que la vegetación y las inclemencias meteorológicas terminen de hacer el resto.

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Visitas realizadas en julio de 1997, julio de 2011 y julio de 2020.

Agradecimiento para María Rosa Martín García, nostálgica informante de su aldea, a la que a pesar de la distancia la ha llevado siempre en su corazón.

PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.

Punto y aparte. Realizo mi tercera visita a esta aldea serrana con nueve años de diferencia con respecto a la segunda y veintitrés con la primera. Las tres coinciden en el mismo mes: julio.
Es de mañana temprano cuando llego a Santa Lucia de la Sierra, punto de partida para llegar a las alturas donde se encuentra ubicada Las Casas.
Santa Lucia apenas está despertando al nuevo día. Aún así una persona está realizando faena en un huerto cercano, dos mujeres conversan a la puerta de una casa, otra está barriendo el tramo de calle próximo a su vivienda y una niña pedalea con una bicicleta. Es verano y se nota la tímida presencia de veraneantes.
Cojo la calle (ya conocida) que me llevará hasta el sendero adecuado para llegar a mi destino.
En media hora habré alcanzado mi objetivo. El camino es en constante subida, más duro al comienzo, al salir de Santa Lucia, y luego ya se va suavizando. Miro hacia arriba al robledal donde está la aldea, apenas se distingue entre un pequeño claro una edificación. Difícil e inimaginable saber que ahí hubo un pueblo si no se sabe.
El camino está rebosante de vegetación a ambos lados, mucho insecto revoloteando y haciendo "compañía".
En las últimas rampas ya diviso varias construcciones. Al ir ganando en altura las vistas desde aquí son deliciosas: Santa Lucía, Serranía, Los Loros a mis pies, el embalse de Santa Lucia un poco más retirado, la sierra de Gredos enfrente, otros pueblos que se recuestan en aquella vertiente....
Penetro en la aldea por su calle de entrada. Todo igual. Más vegetación, bastante más. Llego hasta la parte central, no hay signos apreciables de que Las Casas hayan ido a peor desde mi última visita, pero eso habría que achacarlo a que ya poco queda en pie. Me muevo por sus escasas calles, en algunos tramos con dificultad por la vegetación. Excepto una las demás viviendas ya no son reconocibles. Sin tejado, con los muros a medio caer y con la maleza avasallando, el visitante ya no sabría distinguir si lo que está viendo es un pajar o una vivienda en la mayoría de los casos.
Estando por allí no puedo por menos que recordar cuando visité por primera vez este lugar en el lejano año de 1997 ¡Qué diferente a lo que veo ahora! Un precioso grupo de casas serranas de piedra se apareció ante mis ojos. Un deleite visual. Siempre me acuerdo de lo que disfruté aquella tarde (ya bien avanzada porque eran las nueve de la noche). Y me acordé de los pensamientos que me asaltaron aquel día sobre lo duro que tuvo que ser la vida en este aéreo lugar.
El incendio que hubo años después destrozó de un plumazo la fisonomía de esta aldea serrana.
Sigo transitando por donde la vegetación me deja y me decido a ir a la fuente, la cual no conocía en mis anteriores visitas. Doy con ella fácilmente. Un fresco y rebosante caudal de agua sale de las entrañas de la tierra. El terreno está encharcado y hay que ir dando saltos para poder contemplar bien.
En una era cercana pastan las vacas de algún ganadero. Me miran con extrañeza. ¿Qué se le habrá perdido al forastero por aquí? pareciera que estuvieran pensando.
Vuelvo hacía el pueblo y me subo a las peñas que se sitúan por encima de las edificaciones. Fabuloso lugar. Para sentarse, meditar, contemplar y dejar que el tiempo avance despacio. Veo el pueblo muy diferente lógicamente a como lo verían ellos cuando se subieran a estas gigantescas rocas.
La huella de la derrota se palpa desde este mirador. La visión de un pueblo ya irrecuperable. Apenas un par de edificaciones con tejado, los demás nada.
Y una vez más pienso en lo dura que tuvo que ser la vida en este lugar comparado con los pueblos que están abajo en la zona más llana. Estando aquí comprendes porque la gente se marchó. El progreso no llegaba hasta esta solitaria aldea de Las Casas.
Despierto del ensimismamiento en que me encontraba y bajo de las piedras. Paso junto a la acequia por la que todavía baja agua y enfilo la calle de salida. Una última mirada para ver lo que un día fue un bonito lugar y voy descendiendo el camino en zig zag que me llevará hasta Santa Lucia.


Ubicación de la aldea en lo alto de la sierra, escondida entre un robledal.



Voluminosas piedras graníticas cohabitan con la aldea en perfecta simbiosis.



Llegada a Casas de la Sierra.




Bajando por el camino de la fuente. El pajar del tío León en primer plano.



La casa de la tía Brigida. Vivía con ella un hijo soltero (Leoncio) y cinco nietos: Rufina, Feliciano, Milagros, Pablo y Magdalena. La tía Brigida falleció en el pueblo y el resto de la familia emigró a Madrid.
A la derecha de la vivienda estaba la cuadra donde guardaban las caballerías y las vacas, quedando la planta de arriba para pajar.



Calle de las Casas. Abundantes canchales de piedra granítica como el del fondo que servían para trabajar las fachadas de las edificaciones. A la derecha edificaciones del tío Bonifacio (gallinero y establo). A continuación con el edificio todavía en pie vista de la cuadra por su parte trasera donde guardaba las vacas la familia de la tía Brigida.
A la izquierda de la calle se encontraban la casa de Victoriano y la de la tía Rosa asfixiadas por una envolvente vegetación.



Establo del tío Bonifacio. Aquí guardaba las vacas, las caballerías y el carro.



Trasera del establo de la tía Brigida. En el rincón de la pared había un poyo grande de piedra plana donde acostumbraban las mujeres a sentarse al sol en invierno y donde cosían, hacían punto y hablaban de sus cosas. A la izquierda la casa de la tía Rosa.



Las dos casas de la tía Rosa.
En la de la izquierda vivía un hijo de ella, Victoriano García, casado con María García (natural de Palacios de Becedas). Tuvieron cuatro hijos: Mercedes, Demetrio, Antonio y José Enrique. Se bajaron a Santa Lucia para posteriormente en una segunda emigración marcharse a Madrid.
En la casa de la derecha vivía una hija de la tía Rosa, Juana García, casada con Francisco Martín (natural de Los Llanos de Tormes). Tuvieron cuatro hijos: Miguel, Rosa, Pedro y Lucia. Miguel vivía con sus tíos en Los Llanos de Tormes. La familia emigró a Barcelona.

"Casi todas las casas tenían una distribución interior muy parecida: una planta y el sobrao. En la nuestra había un portal a la entrada, a la derecha la sala y dos alcobas, a la izquierda otro dormitorio, al fondo la cocina y detrás de esta la despensa. La cocina era bastante grande, era donde hacíamos vida toda la familia, sobre todo en invierno, en su lado izquierdo había otra habitación donde se guardaban patatas y otros alimentos. En el sobrao estaba el horno y el granero". MARÍA ROSA MARTÍN.



La casa de la tía Rosa por su parte trasera.




Grupo de edificaciones donde la ruina es generalizada. Sin tejados, los muros a medio caer y la vegetación haciéndose la dueña.



La casa de la tía María. Era de las pocas viviendas que tenía dos plantas más sobrao. Vivía ella con sus tres hijos: Pedro, Eduvigis y Eduardo. Se bajaron a Santa Lucia.



Año 1997. Casa sin uso habitable que utilizaban los hijos de la tía María para guardar ganado.



Año 2011. El mismo edificio de la imagen anterior.




Año 1997. La casa de la tía Paulina, gallinero en primer plano. Adosada a la vivienda por el otro lado estaba la casa del Urdidor, era donde guardaban los cerdos la familia de la tía Rosa.



Año 2011. La casa de la tía Paulina. La misma imagen de la fotografía anterior.



Año 1997. Vivienda.




Año 2011. La misma imagen de la fotografía anterior.




La fuente.




Calle de salida del pueblo para coger el camino de Santa Lucia.



Inmejorables vistas desde las Casas. En primer término el pueblo de Serranía y a la derecha el embalse de Santa Lucia, al fondo la sierra de Gredos.