
Situada en una hondonada que forma el río de La Cuba se encuentra esta población de una belleza primorosa perteneciente al municipio de Portell de Morella.
Dos calles paralelas componían su trazado urbano donde se englobaban una buena parte de la docena de viviendas que llegó a contar en sus tiempos.
Cada casa tenía su horno pero con el tiempo dejó de hacerse el pan en ellos y se iba comprar a Portell. Se hacía pan cada quince días, alrededor de veinte panes.
Nunca llegó la luz eléctrica a Las Albaredas.
"Cuando yo era pequeña usábamos quinqués y más tarde lámparas de camping gas, lo cual fue ya un gran avance. Si había que salir de noche a las cuadras o a la casa de algún vecino llevábamos linternas". MAXIMINA MARTÍ.
Era un terreno poco aprovechable para la agricultura. El trigo y la cebada ocupaba la mayor parte de los campos cultivados. Se iba a moler el grano a Portell.
Las ovejas eran mayoría en la ganadería, aunque también había un buen numero de ganado porcino.
"Todas las casas tenían ovejas y cabras, unas en mayor número que otras. Nosotros no teníamos mucho. Mi padre fue unos cuantos años con Simón a trabajar a las canteras de talco en Francia, allí se pasaban medio año, iban gentes de Portell también. Con el dinero ganado mis padres lo invirtieron en hacer la granja para los cerdos". MAXIMINA MARTÍ.
"Se vendían los jamones en Portell para pagar los cerdos que previamente se habían comprado". VALERIANO MARTÍ.
Se usaba leña de carrasca para calentar la lumbre mientras que para la comida contaban con cocina de gas butano.
Para lavar la ropa las mujeres acudían al río o a alguna balsa de los huertos. En lo más crudo del invierno había que romper el hielo para que pudieran realizar esta tarea.
Para hacer compras iban a Portell pero si era cosa de ropa o zapatos se desplazaban hasta Morella, para lo cual tenían que salir de casa a las cinco de la mañana y hacer una hora de trayecto hasta la carretera puesto que el coche de línea pasaba a las seis de la mañana. En Morella ya se podía enlazar si se quería ir a Castellón o Vinaroz.
El vino se iba a comprar a Portell o a La Cuba.
"Venía el huevatero de La Cuba (Teruel), que con sus caballerías recorría todas las aldeas y masías vendiendo todo tipo de productos que no hubiera en las casas (jabón, lejía, sardinas, bacalao, etc.) y a su vez compraba huevos, pollos y gallinas a los vecinos". HUMILDAD PALLARÉS.
"De La Cuba venía un vendedor ambulante con una caballería en la cual llevaba unos cajones con toda la mercancía (latas de conserva, galletas, arroz, etc), más tarde venía con una furgoneta y ya traía más variedad, incluso fruta.
Desde Portell llegaba Manuel Vinaixa que traía sardinas frescas en una caballería y desde Ares venía uno con una furgoneta que vendía ropa". MAXIMINA MARTÍ.
" De La Cuba venía José Valero (Molina) con una caballería. Traía arroz, fideos, aguardiente, etc. A su vez compraba huevos, conejos, pieles de cordero.
De Portell venían varios como eran Daniel Mestre, Solera, Vinaixa o Justo. Traían un poco de todo y algunos ropa.
De La Mata venía Perot vendiendo ropa.
El aceite y el vino lo traíamos de Portell. A Morella íbamos para comprar ropa o a gestionar asuntos de dinero al banco. Había que levantarse a las cuatro de la mañana para coger el coche de linea que pasaba por la carretera".
VALERIANO MARTÍ.
Para moler el grano se traía un molino portátil que funcionaba con el tractor, solamente era para moler el grano destinado a comida para los animales.
Barranco el Molino
El Bancal de la Senda
El Carrascal de la Peña
El Carrascal de las Monjas
El Freginal
El Huerto Campana
El Huerto Josa
El Mallol
El Mesón
El Molino de Arnés
El Tancao
La Fuente el Carrascalico
La Solaneta
La Sortanaza
La Umbría
Las Largueras
Los Parralicos
Morrón de la Cogullada
**Son algunos topónimos de lugares comunes de Las Albaredas que quedaran para siempre en el recuerdo de las gentes que habitaron el pueblo**
La ermita solo se abría para las dos fiestas que allí se celebraban.
Se aprovechaba para realizar las comuniones el día de San Marcos.
Para escuchar misa dominical, bautizos, bodas o entierros había que ir a Portell.
"En festividades señaladas había que ir a misa a Portell. Cuesta arriba, cuesta abajo, una hora yendo rápido. Cuando alguien se moría se cargaba el ataúd en caballerías y se llevaba hasta Portell, luego ya en años posteriores se trasladaban en tractores. Se ponía una sábana blanca en algún sitio concreto y esa era la manera de notificar a los de las masías que alguien había fallecido". MAXIMINA MARTÍ.
La fiesta propia de Les Alberedes era el 16 de junio, dedicada a San Quirico y Santa Julita, donde se hacia una misa y una procesión por las dos calles y se acostumbraba a comer unos deliciosos caracoles con carne de conejo y ajo aceite. Cada familia comía en su casa y luego era costumbre juntarse a tomar café por la tarde, momento en que los mayores aprovechaban para echar unos tragos de vino y hablar de asuntos propios.
Se hacía baile en el salón de la casa de Eliecer y Primitiva con músicos que venían de las masías de Monserrate y La Escriguelica. Baile que se dejó de hacer en los últimos años.
"La fiesta de San Quirico era solo para los de La Albareda. Se hacía una misa y una procesión. Había baile amenizado por diversos músicos como era Fernando de La Marrada, Narciso del molino Piquer o alguno del Mas de Monserrate. Era costumbre echar buenas partidas de guiñote". VALERIANO MARTÍ.
Anteriormente habían celebrado el veinticinco de abril la festividad de San Marcos. Ese día venían los romeros de Portell.
"Venía la gente desde Portell, aquí les esperábamos los de Las Albaredas. Cada año se encargaba un vecino de todos los preparativos. Se celebraba una misa con el cura que venía de Portell, se repartía el bollo bendecido entre todos los asistentes y se realizaba una comida de hermandad entre las gentes de los dos sitios. Se hacía en las casas o bien junto al río. Por la tarde ya se marchaban los romeros para el pueblo y nos quedábamos nosotros terminando la fiesta". FELI CAMAÑES.
"La víspera se hacía una limpieza a fondo de la ermita, se ponían los manteles y las flores, se preparaba el estandarte con el cual había que salir a recibir a los romeros que venían en procesión desde Portell. Alguien estaba pendiente de su llegada y cuando los veía aparecer se bandeaba la campana y salíamos la gente de Las Albaredas detrás de la persona encargada de llevar el estandarte a recibir a los portellanos. Se hacían el saludo correspondiente y nos íbamos todos juntos hasta la ermita donde se oficiaba la misa.
Los de Portell se traían su comida y la degustaban a orillas del río. Nosotros comíamos cada familia en su casa y ese día se mataba un conejo o un pollo.
De Portell venía uno que ponía un kiosco ambulante de bebidas y algo de pastas, chucherías y algún juguete para los niños.
A las cinco de la tarde se iban los romeros de vuelta para Portell y nos quedábamos ya solo los del barrio, nos juntábamos para cenar y si alguien se animaba a tocar un poco la guitarra echábamos unos bailes". MAXIMINA MARTÍ.
"Para San Marcos era todo muy espectacular. Las campanas repicando sin parar cuando llegaban los romeros de Portell y lo mismo cuando se íban por la tarde. Se instalaban kioscos portatiles con bebidas, golosinas, juguetes. Se hacía tiro de ballesta. Venía la guardia civil. La corporación municipal de Portell acudía a comer a casa del alcalde pedaneo. Se hacía baile en las eras.
Recuerdo que al día siguiente los niños íbamos a recoger los envases de las botellas de vino gasificado que se habían bebido el día anterior y que estaban esparcidas por los sitios donde había estado comiendo la gente. Eran muy utilizadas para meter el tomate en conserva". VALERIANO MARTÍ.
Dicha romería se sigue celebrando en la actualidad pero sin ser el veinticinco en la fecha que caiga sino que se desplaza al sábado más próximo.
El uno de mayo íban las gentes de La Albareda y los del Barranco en romería a la ermita del Cid en La Iglesuela. Romería que se perdió cuando fue quedando poca gente.
Días de mucha celebración eran también los del mata cerdo (matanza). En cada casa se mataba uno o dos cerdos.
"De la matanza guardo buenos recuerdos. lo Unos días antes se iba a comprar rollos, chocolate, higos secos y aguardiente, ¡este era el primer desayuno! Se mataba uno o dos cerdos, dependiendo si eran cerdas de cría que eran mas grandes, en ese caso solo una, entre todos y con el matarife en cabeza se cogía el animal y se mataba. El matarife era de aquí de La Albareda y se llamaba Severiano.
Luego sobre las diez se almorzaba, ya con la primera carne del cerdo, las mujeres unas preparaban la comida y otras limpiaban las tripas, para por la tarde y al día siguiente hacer los embutidos y así se pasaba el día, comiendo en ocasiones unas ricas albóndigas con tomate de la propia carne del cerdo, también de primero sopa, garbanzos o lo que hubiese". MAXIMINA MARTÍ.
El médico residía en Portell. Se llamaba don Vicente Segura, natural de Vallibona. En caso muy grave acudía a Las Albaredas a visitar al enfermo en un seat 600, en caso contrario era este el que iba a consulta al pueblo o bien algún familiar que le comentaba los síntomas al doctor y este recetaba lo que creyera conveniente.
Carlos era el cartero, venía desde Portell en caballería tres días a la semana. Traía también encargos que se le hiciera como podían ser medicamentos.
No había escuela y les tocaba desplazarse hasta la de Casas de San Juan, al otro lado del río, ya en territorio de Teruel.
"Desde La Albareda íbamos cuatro niños en total, nos llevábamos la comida y no volvíamos hasta por la tarde. En invierno comíamos en casa del señor Victoriano que éramos familia y en verano en el porche de la iglesia.
Tardábamos quince o veinte minutos en llegar al Barranco de San Juan, en invierno a veces se complicaba la cosa porque el río llevaba bastante agua y nos tenían que pasar nuestros padres en caballería. Nos íbamos juntando con los de otras masías por el camino y para saber si ya habían pasado poníamos un pequeño mojón de piedras y según ello les esperábamos o no.
En la escuela nos juntábamos alrededor de unos veinticinco niños.
Creo que mi primera maestra fue Mari Carmen Monforte, luego fueron viniendo otras porque algunas no aguantaban todo el año completo. La que más tiempo estuvo fue Montserrat Mayor Gimeno, era de Soria. Recuerdo que cuando tomé la primera comunión la invitamos a comer a casa y me regaló una caja de bombones, una colonia y 50 pesetas ¡anda que no estaba yo contenta ese día! Luego ya vino otra maestra llamada Elena Miguel que me parece que fue la última.
Cada semana dos niños teníamos que llegar media hora antes para encender la estufa y calentar el aula, la leña la traían las familias de forma rotatoria.
Como en invierno hacía mucho frío nos salían sabañones en las manos y la maestra nos ponía en fila para ir poniéndonos crema". MAXIMINA MARTÍ.
"En mis tiempos nos juntábamos alrededor de una treintena de niños en la escuela del Barranco. Desde La Albareda íbamos cuatro.
No faltábamos a clase aunque lloviera o hiciera mal tiempo, y la verdad es que íbamos mal abrigados y con un calzado muy precario. Había veces que nos tenían que pasar el río montado en alguna caballería cuando venía muy crecido. Recuerdo que nos daban leche en polvo de los americanos.
De las maestras la que más tiempo estuvo cuando yo fui era una chica que no tenía la carrera de maestra terminada, sustituía a las que dejaban el curso a la mitad. Esta chica se llamaba Pilar y era del Mas de Capitán, de Cantavieja.
Tuve a una maestra que se llamaba Josefa Barberá, era natural de Algemesí (Valencia). Era muy aficionada a tocar la guitarra. Estuvo viniendo dos o tres años pero solo lo hacía a principio de curso, luego ya no aparecía más, la sustituía Pilar.
Muy buen recuerdo tengo de María Teresa Gómez, era de Castellón, una gran señora, aprendimos bastante con ella. Era la única que vivió en la casa destinada a la maestra.
También me acuerdo de Conchita que era de Zaragoza y Magdalena Pérez, natural de Cuenca. Esta se integró muy bien con la juventud del Barranco, asistía a los bureos.
A todas ellas se les llevaba productos de matanza o pan recién hecho". VALERIANO MARTÍ.
Muy buena relación tuvieron siempre con los de las cercanas Casas de San Juan (Barranco de San Juan como era conocido allí). Había poco más de un kilómetro entre ambos barrios y pese a que eran de provincias y comunidades distintas compartían escuela, fiestas y bailes, además de muchos vínculos de familia y de amistad.
El ser un lugar fronterizo con otra provincia de habla castellana, sus frecuentes contactos con San Juan y con La Cuba (pueblos de Teruel) y la enseñanza escolar en castellano propició que allí no dominara la lengua valenciana entre las conversaciones de vecinos e incluso el nombre del pueblo lo decían siempre en castellano, así lo nombraban siempre como La Albareda o Las Albaredas cuando se escribía cartas.
"En mi casa los domingos desayunábamos con chocolate a la taza casero, la comida era un poco más especial: arroz con pollo o conejo ¡qué rico sabía! Después nos juntábamos con los de Simón que eran familia y tomábamos café.
Los jóvenes en principio se iban a Portell al baile andando y los mayores si no había mucho trabajo en la granja con los cerdos o en la recolección se juntaban en casa de uno o de otro a conversar y jugar al guiñote.
Nosotros cuando nos hicimos mayores ya había quien tenía coche y nos íbamos a Portell a juntarnos con los amigos y desde allí nos íbamos a la discoteca de Forcall". MAXIMINA MARTÍ.
"Los domingos íbamos a Portell que había baile y también si alguno tenía coche nos íbamos hasta Villafranca a la discoteca". VALERIANO MARTÍ.
"Al dejar ya la escuela nos trajimos una máquina para hacer jerséis. empezó Feli y luego su hermana Tomasa. Lina y yo hacíamos las piezas y luego en Portell los cosían los mismos qué nos ponían la máquina. Con el tiempo Lina y yo nos fuimos a trabajar a un hotel en Morella, y después a Villafranca a la Marie Claire, esto ya lo último, luego nos casamos y cada una para un sitio, pero la amistad ha seguido y seguirá siempre, casi como hermanas nos hemos criado". MAXIMINA MARTÍ.
La emigración que se estaba dando en toda España en los años 50, 60 y 70 no era ajena en este recóndito lugar aun cuando la despoblación total tardó unos cuantos años más en llegar y no fue hasta la década de los 80 cuando el barrio de Las Albaredas se quedó vacío.
En los últimos años se quedaron reducidas a cinco las casas que había abiertas en el pueblo.
"Daba mucha pena cuando veías pasar a los del Barranco de San Juan y los de las masías con el tractor cargado de muebles y enseres y de ver como cada vez se iban cerrando más casas". MAXIMINA MARTÍ.
La falta de luz eléctrica, las malas comunicaciones y las ganas de buscar un mejor futuro por parte de la gente joven fueron las causas de la marcha de los vecinos, que emigraron principalmente a Portell, Morella y Vinaroz.
"La gente que iba quedando eran todos de la misma edad más o menos y ya tenían pensado marcharse en cuanto les llegara la jubilación. Muchos ya se habían comprado casa en Portell o en otros lugares para estar cerca de los hijos.
En nuestro caso la marcha fue un poco precipitada debido a la enfermedad de mi padre que requería de cuidados y atenciones del médico. Nos llevamos poco mobiliario pues lo habíamos ido comprando con antelación para ir amueblando la nueva casa en Portell, vendimos los animales y nos fuimos para el pueblo en 1985". MAXIMINA MARTÍ.
"Me fuí a Vinaroz porque tenía unos tios allí y me buscaron trabajo. Íba varios fines de semana a La Albareda con un dyane 6 que tenía y también para el mata cerdo". VALERIANO MARTÍ.
El matrimonio formado por Simón Martí y Julia Bayo fueron los últimos en marchar de la aldea, aunque Julia se fue primero a causa de una enfermedad y Simón estuvo dos años viviendo solo hasta que en 1988 se fue para Morella cerrando el ciclo de vida en Las Albaredas.
A partir de aquí, lo de siempre los saqueadores y los vándalos haciendo de las suyas.
"Daba mucha rabia cuando ibas por Las Albaredas y lo veías todo destrozado, entraban en las casas, rompían todo y se llevaban lo que les parecía, eso motivó en parte que nosotros vendiéramos la casa.
Mi amiga Lina optó por dejar la puerta abierta y así por lo menos no la reventaban y destrozaban la cerradura, en su casa se llevaron hasta un balcón". MAXIMINA MARTÍ.
"El expolio fue tremendo. Se llevaron trillos, horcas, tinajas, puertas, balcones... todo lo que pudieron". VALERIANO MARTÍ.
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Informantes:
-Humildad Pallarés (Conversación personal mantenida en su casa de Portell).
-Feli Camañes (Conversación personal mantenida en su casa de Portell).
-Carmen Maximina Martí (Conversación personal mantenida a través de whatsapp).
-Valeriano Martí (Conversación personal mantenida por vía telefónica).
Visitas realizadas en noviembre de 1996, marzo de 2010 y julio de 2019.
PUBLICADO POR FAUSTINO CALDERÓN.
Punto y aparte. Es mi tercera visita a este maravilloso despoblado. Son veintitrés años de diferencia y el tiempo sigue detenido, inmóvil. Nada ha cambiado, bueno si, una casa se ha restaurado y ofrece un soplo de frescura entre tanta vivienda cerrada. Por lo demás todo igual, esa maravillosa e inigualable calle de Abajo por la cual uno se adentra en el corazón de este barrio de Portell sigue igual, de bonita, de triste, de deliciosa, de melancólica. Cuanto trajín en tiempos pasados, de gentes, de animales, de trasiego, de idas y venidas. Ahora el silencio es el dueño del lugar, acompañado como siempre de la soledad.
Llego en mi última visita una tarde veraniega del mes de julio, pero sin una pizca de calor, la tarde es fresquita, incluso las nubes descargan alguna gota de agua y por la parte de Morella se divisan negros nubarrones. Subo a ver la ermita, solitaria, apartada unos cuantos metros de las casas, sigue igual, cuidada con mimo y con esmero por las gentes de Las Albaredas y de Portell en espera de que llegue la festividad de San Marcos para que todo vuelva a recobrar por un día la animación de antaño.
Mi mente me pide enseguida acercarme a saborear esa calle bajera que me tiene enamorado. Viviendas, corrales y cuadras se alinean en hilera sin dejar un resquicio de principio a final. Se va notando el desgaste lógicamente pero siguen firmes, aguantando como pueden. El pico de La Cogullada de frente impone su presencia y se hace notar desde cualquier punto del pueblo. Llego al final de la calle y veo la casa que ha sido rehabilitada. No desentona y se adapta al resto de las construcciones.
Vuelvo para atrás, quiero saborear la calle a la inversa. Hermosa, hermosa, no me puedo decidir por cual de los dos sentidos es más bonita la calle.
Me voy a la calle de Arriba, más corta y más sencilla, pero con mucho encanto también. Subo hasta las casas más altas, desde aquí diviso buena parte de las masías de Cantavieja y también los tejados de las Casas de San Juan. Bajo para abajo, llego hasta el río, el merendero silencioso como casi todo el año, esperando que algún visitante se siente en sus bancos a degustar sus viandas.
El cauce seco y pedregoso del río (así lo he visto las tres veces, solo una vez corría un poco de agua). Lo imagino con agua y dándole vida y frescura al lugar.
Llevo dos horas aquí y no ha aparecido un alma, ni un senderista, ni bicicleta, ni nadie. Únicamente en la estrecha pista de bajada me cruzo con un vehículo todo terreno con un ocupante que ignoro de donde vendría. Solo el viento que azota suavemente las ramas de los árboles pone la banda sonora al lugar.
Veo las casas por su parte trasera, las que dan al río, por aquí están en peor estado.
Cruzo al otro lado y ya estoy en la provincia de Teruel, subo hasta una masía cercana para divisar el pueblo desde allí. Preciosa panorámica. A todo esto el crepúsculo de la noche empieza a hacer su aparición. Tanto que incluso me da tiempo a hacer alguna fotografía nocturna.
Salgo otra vez por la deliciosa e indescriptible calle de Abajo ya con la semi penumbra de la oscuridad presente.
Me voy de Las Albaredas con unas maravillosas sensaciones. De tristeza y belleza a la vez.
Tristeza y belleza una vez más van de la mano.
Puedo decir que he visto por tres veces Les Alberedes, La Albareda o Las Albaredas (de las tres formas suena precioso) y puedo decir que es uno de los pueblos deshabitados más bonitos de España.

Las Albaredas en 1996.


La ermita de San Marcos.

Bajando desde la ermita hacia las casas.

Entrando por la calle de Abajo.

Calle de Abajo. La Cogullada de fondo.



Calle de Abajo.


A la izquierda la casa de Miguel y Guadalupe. Deshabitada desde bastantes años atrás, se usaba para guardar animales.



"En aquellos años bajaba bastante más agua que ahora. Jugábamos junto al río todo el verano con mi amiga Lina y las nietas de la señora Cándida que vivían en Barcelona pero pasaban los veranos aquí con su abuela. Nos bañábamos, hacíamos juegos con el agua e intentábamos coger peces. Otras veces nos íbamos a jugar al escondite, a la gallinita ciega, a tiendas o al parchís". MAXIMINA MARTÍ.

La calle de Abajo subiendo desde el río.


"La casa tenía la entrada muy grande lo mismo que la cocina, al lado de la cocina estaba lo que se denominaba la recocina, donde estaba el fregadero, la cocina de gas y los platos, al final de la entrada estaba la cuadra del mulo, que nosotros la utilizábamos para leña y algún cacharro mas, puesto que el animal lo teníamos en la casa de arriba, luego subiendo unos seis o siete escalones había una habitación, después otro tramo de escalera y una sala donde tenía mi máquina de hacer jerséis, y al final otra salita con tres habitaciones". MAXIMINA MARTÍ.

"La gente echaba unos tragos de vino en la taberna de Eusebio y los domingos se hacía baile en su interior con músicos que venían del Mas de Moles con laúd y guitarra. Acudía mucha gente joven de todas las masías de ambos lados del río". HUMILDAD PALLARÉS.
"Yo la taberna ya no la vi en funcionamiento, si conocí a Eusebio y su familia pero ya no hacían nada.
Le oí contar a mi padre y a mi tía que venían los del Mas de Moles con guitarras y se hacía baile en el interior de la taberna. Venía las gentes de las masías e incluso cenaban allí". MAXIMINA MARTÍ.

Calle de Abajo en su tramo medio.


Calle de Arriba.
"En la casa de la izquierda fue donde yo nací. Al principio vivieron aquí mis padres de alquiler hasta que nos bajamos a la de la calle de Abajo. La casa la seguimos llevando nosotros y la usábamos como cuadra para el mulo y comida para los animales. La de la derecha la tenían Simón y Julia para guardar animales. De frente se ve la granja de Daniel donde tenían los cerdos". MAXIMINA MARTÍ.

La calle de Arriba vista en sentido inverso.


Llegando a Las Albaredas por el camino de Portell.

La casa de Orencio. Cerrada desde hace bastantes años.



Era de trillar.

"Teníamos cada uno una pequeña granja de cerdos. En corrales aparte teníamos cerdas de cría, al destetarlos pasaban a la granja de engorde, era todo a pequeña escala pero de ayuda a la economía familiar, el pienso nos lo traía Cecilio del masico Morraja, masía cerquita de La Albareda. pero perteneciente a Cantavieja. él era el único que tenía tractor. Los cerdos venía un camión pequeño de Morella para llevárselos". MAXIMINA MARTÍ

Lo habitaba Esperanza, que estaba viuda y su hijo Arcadio.
Se fueron a Portell de Morella para en una segunda emigración marcharse a Tortosa (Tarragona).

La fuente de Las Albaredas.